domingo, 19 de abril de 2009

El origen de los Pirineos

En los tiempos en los que Hércules andaba por el mundo realizando sus famosos trabajos y librándolo de monstruos, era Túbal el rey de Iberia. Tenía éste una hija de gran belleza llamada Pirine. Llego la fama de la belleza a oídos de Gerión, un monstruo de tres cabezas, que decidió apoderarse de ella y hacerla su esposa. La bella princesa se negó rotundamente a desposarse con Gerión, el cuál, enfurecido, atacó a Túbal y le derrotó, para poder así secuestrar a Pirene. Pero la doncella huyó hacia el norte y se escondió en un monte bajo y ápero, cerca del Mediterraneo.

Gerión encontró pronto el rastro de la joven y bella Pirene, en contra de lo que ella esperaba, pero al no poder hallarla entre las mil cuevas y revueltas del monte decidió prenderle fuego y que allí terminasen los días de la princesa Pirene.

Volvía Hércules hacia Italia, cuando, al pasar sobre Iberia, vio una extensa humareda que se elevaba por el norte, y las voraces llamas que amenazaban con arrasar el monte. Se acercó a las llamas y cuál fue su sorpresa cuando oyó que de las mismas salía una voz de mujer que pedía socorro. Metió el héroe su brazo entre la hoguera y pudo sacar, moribunda, a la bellísima Pirene, que le contó su historia. Después Pirene murió.

Conmovido, Hércules, decidió enterrarla cuidadosamente en aquel mismo monte; pero le pareció poco aquel enterramiento para tan bella mujer. Entonces cogió con sus poderosas manos las rocas caídas y desechas por el incendio y las fue colocando de forma artísitica unas sobre otras para formar un gigantesco y maravilloso mausoleo: una hermosísima cordillera, en cuyo seno descasaría la hija de Túbal. La cordillera recibió el nombre de Pirineos en recuerdo de la desventurada princesa.