domingo, 7 de junio de 2009

Hernando, el Halconero

Vivía Hernando, el Halconero, junto a la torre de Gartéiz. Era uno de los más diestros cazadores con arte de altanería y estaba reputado así entre todos los compañeros como el más entendido en su oficio.

Hernando consiguió enseñar a un halcón, que era su preferido, al que cuidaba con más amor y el que en compensación le traía las mejores piezas, las aves más montesinas, las que más difícilmente podían derribar otros halcones. Negro, con ojos brillantes, el halcón iba erguido en el guante de Hernando y al solo movimiento del brazo de éste se lanzaba como una flecha de basalto contra las aves que vanamente querían huir de él. Y así, entre Hernando y su halcón, llegó a establecerse una relación íntima, un afecto casi humano.

Una tarde, la cacería había sido larga, y Hernando estaba cansado y sediento. Bajaba de una alto monte a cuya cumbre había llegado después de una penosa ascensión. El halconero buscaba con gran ansiedad una fuente en que refrescar su sedienta boca. Al fin, junto a una pequeña arboleda, vio con ran alegría una fuente que brillaba al sol del atadecer.

¡Agua!-exclamó.

Y bajando del caballo se echó de rodillas para beber. El halcón volaba por encima de él. De pronto, cuando el halconero iba a aproximar a sus labios las manos en que había recogido un poco de agua, la soltó con un grito de dolor. Había sentido un tremendo picotazo en el cuello. Se revolvió irritado, viendo con extrañeza que había sido atacado por su propio halcón. Quiso atraerlo para sujetarlo con el guante, pero fue inútil: el halcón siguió volando. Y cada vez que el halconero quiso beber, el halcón se lo impedía lanzándose feroz contra su dueño.

Hasta que éste, lleno de ira y desasosiego, puso una saeta en su ballesta y lanzándola contra el ave, la derribó, muerta en tierra. Mas cuando el cazador iba a recoger el cuerpo traspasado del que hasta entonces había sido su fiel compañero, vio con espanto que en el nacimiento de la fuente una enorme culebra había metido su cabeza y que, cerca unas aves que habían bebido estaban muertas.

El halconero comprendió, con gran dolor y confusión de su alma, que el depredador le había salvado la vida. Y entonces cogió el cuerpo, que aún latía, y lo besó. Después le dio sepultura, ahuyentó a la culebra y alzó allí una fuente. Ésta se halla cerca de la ermita de Santa Águeda, y cuenta la tradición que quien beba en esas aguas el 5 de febrero, fecha en que se celebra la romería, no tendrá mal alguno durante el resto del año.