Los protagonistas del relato son dos hermanos pastores, que junto con tres hermanas y sus padres, vivían en la casa Iturriondobetia, en el barrio de Bargondia, de la población vizcaína de Dima.
Cierto día que los hermanos andaban agrupando el ganado, parte del cual se había colado en la cueva de Baltzola, encontraron en ella una gran culebra. El menor de los hermanos comenzó a tirarle piedras y de una pedrada le cortó la cola. El otro hermano, en cambio, le reprendió para que desistiese de su actitud, alegando que también las serpientes eran criaturas de Dios. En esto un terrible estruendo sonó en el interior de la caverna, cosa que puso en fuga a los dos muchachos. Pasó el tiempo y el mayor de los hermanos fue llamado a ser soldado. Estando de servicio por Nochebuena, añorando su casa y a los suyos, se le presentó un feo individuo, que le preguntó si deseaba ir a Baltzola. A ello respondió el soldado afirmativamente. Mediando para ello la condición de que llevase dos cosas a su casa, que le daría en la cueva, ambos se encontraron en un instante en la mencionada caverna vizcaína. Le dio entonces el desconocido al muchacho un terrón de oro para él, y un cinturón de seda para su hermano. Pasados tres días tendría que regresar a la cueva, para encontrarse nuevamente con aquel tipo.
La sorpresa de su familia al verlo entrar por la puerta fue indecible, pero aún fue mayor cuando el soldado relató con todo detalle cuanto le había sucedido. Entonces el hermano menor, rechazando el cinturón, mandó al recién llegado que lo ciñese al nogal que había delante de la vivienda. Nada más hacerlo el árbol prendió como la pólvora, volatilizándose y dejando un profundo hoyo en el suelo.
Al día siguiente se presentaron ambos hermanos en la cueva. Salió a recibirles un mal encarado individuo, al que le faltaba un brazo. Sin mediar saludo, preguntó al menor de los hermanos: "¿Porqué me has dejado manco?" A lo que el muchacho respondió que él, ni había dejado manco a nadie, ni conocía a aquel tipo de de nada. Pero el manco insistió, haciéndole recordar que tiempo atrás había apedreado allí mismo a una serpiente. Aquel reptil era él y la cola que le arrancó equivalía al brazo que ahora le faltaba. Mas como observó contrariado que el joven llevaba una medalla con una efigie cristiana en medio de su pecho, añadió: "Da gracias a esa imagen que te cuelga del cuello, pues sin ella hoy no hubieras salido vivo de aquí. Pero te lanzo esta maldición: no faltará jamás manco, cojo, sordo o ciego en Iturriondobetia"
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