sábado 28 de noviembre de 2009

El banquete de la marquesa de Falces

Tras la toma de Navarra por el rey Fernando el Católico, este comenzó a destruir todos los castillos del reino.

Los Navarros resistieron fuertemente de tal forma que el rey tuvo que desistir de demoler los castillos, hasta que el valeroso y fiero guerrero Hernando del Villar se ofreció a llevar esa tarea a cabo.

Hernando se convirtió en el terror de los navarros y no había nada que pudiese resistir su furia devastadora, salvo doña Ana de Velasco, Marquesa de Falces. Por es todavía hoy su figura legendaria entre los navarros.

Esto es lo que sucedió, según la tradición:

Llegó al castillo de Marcilla, propiedad de doña Ana, la noticia de que el fiero don Hernando se acercaba, por lo que doña Ana ordenó hacer acopio de víveres y que se preparase todo para defender el castillo.

Todo esto se hizo discretamente, de forma tal que cuando don Hernando llegó a la puerta del castillo no era consciente de los preparativos que se habían llevado a cabo.

La marquesa sorprendió al fiero y rudo guerrero cuando, vestida con las mejores y más ricas galas y
seguida por un gran séquito, salió a recibirle, sonriente, a la entrada del puente del castillo.

Don Hernando accedió a entrar al castillo, deslumbrado y desconcertado por un recibimiento tan cordial. Dentro le esperaba un gran festín, como pocas veces habría recibido.

Llevó la marquesa a don Hernando hasta la mesa y comenzó al banquete mientras los acompañantes del guerrero eran agasajados con una excelente comida en otra pieza del castillo.

Al final del banquete se sirvieron unos extraordianrios vinos, tras los cuál doña Ana preguntó a su invitado el motivo de su visita y qué podría hacer para complacerle. Don Hernando le participó cuales eran las órdenes que le había dado su señor el rey de Castilla. En ese momento la marquesa cambió el gesto y con orgullo y fiereza le respondió:

- Volved a Castilla. Sabed que nada conseguiréis de los Navarros sembrando el terror.

Don Hernando, con brusquedad, respondió que ya que había sido muy bien recibido le iba a permitir recoger todos los objetos valiosos que deseara antes de dejar el castillo junto con los siervos que la atendían.

A lo que respondió la marquesa de forma orgullosa:

- Yo sólo os voy a conceder la vida.

Y al instante gritó, "¡A las armas!". Tras lo cuál el jefe de la guarnición entró en la sala del banquete seguido por valientes guerreros. Don Hernando se vio obligado a obedecer a doña Ana y abandonó el castillo sin poder decir nada, ya que además sus soldados habían sido desarmados por los de la marquesa durante el festín.

Mientras abandonaban el castillo por el puente, pudieron ver que en las almenas del castillo se habían apostado arcabuceros preparados para disparar si era necesario.

Don Hernando y su ejercito abandonaron el castillo de Marcilla humillados y sin deseos de seguir ejecutando las órdenes de destruir los castillos de Navarra.

Todavía hoy se permanece intacto el castillo de Marcilla, que doña Ana, gracias a su astucia logró salvar.