domingo, 28 de febrero de 2010

La Nuera Malquerida

En cierta ocasión, vivía un matrimonio joven en compañía de la madre del marido. Un día, el marido se ausentó de casa para hacer un largo viaje a un país muy remoto. En casa se quedaron, por tanto, la suegra y la nuera. Apenas habían pasado unos días desde la despedida, cuando la nuera dio a luz dos criaturas: un niño y una niña.
La suegra odiaba a muerte a la nuera y no podía ni verla. Así se explica que, al notificar a su hijo el doble alumbramiento de su mujer, le concretara con diabólica intención que el resultado del parto habían sido un perro y un gato. El hijo, aterrado por la noticia, mandó a su madre que expulsara de casa a su mujer.

Y, en efecto, la suegra mandó a un criado que condujera a la nuera y a sus dos hijos a una remota montaña y que allí los matase a los tres. Además, exigió del criado que, a su vuelta, le trajese las dos manos y el corazón de la nuera.

Emprendieron, pues, el camino el criado con la mujer, sus dos hijos y un perrito que les acompañaba.
Al llegar al monte, el criado manifestó a la mujer las órdenes que traía. La infeliz mujer suplicaba, en medio de profundos sollozos, que le matase a ella pero que dejase con vida a sus dos hijos. El criado se compadeció pero, por otra parte, temía a la vieja. Se le ocurrió, entonces, cortar las dos manos a la mujer y arrancarle el corazón al perrito. Así quedaban vivos la madre y sus dos hijos. Y, en efecto, como lo pensó lo hizo. Después, colgó del cuello de la mujer dos alforjas colocando a uno de los niños por delante y a la otra por detrás. A continuación los abandonó solos en el monte.

La pobre mujer andaba vagando por el monte con sus pequeños a cuestas. En una de sus andanzas se acercó a un río. Los niños le pedían a gritos: «¡Agua, agua!».
Se acercó a la orilla del río y se inclinó para que los niños pudieran sorber el agua con la boca, pero, con tan mala fortuna, que los dos niños se le deslizaron al agua y ahogaron ante sus propios ojos. La pobre mujer, sentada sobre un peñascal, lloraba desconsolada su desgracia. En esto, se le aparece en la otra orilla del río una mujer, extraordinariamente hermosa, con una varita en la mano.

-¿Qué haces ahí? -le preguntó. Ella le contó su desgracia.

-Mete en el agua el brazo derecho -le dijo la mujer.

La desventurada madre obedeció y a continuación vio como salía del agua el brazo juntamente con su delicada mano.

-Mete también el otro brazo -le volvió a mandar.

Y volvió a sacar del agua el brazo con la otra mano. Inmediatamente, hundió sus brazos en el río y sacó vivos los cuerpos de las dos criaturas. A continuación aquella bella mujer le dijo:

-Aquí tienes esta varita. Llévala contigo a esa montaña. En la cima encontrarás un amplio espacio llano. Traza una raya con la varita en medio de esa llanura e inmediatamente tendréis la casa que necesitáis.

Dicho esto, la mujer desapareció. Era la Virgen Madre. Siguiendo sus instrucciones, subieron al monte y trazaron la raya, y de pronto, apareció ante sus ojos atónitos una preciosa casa blanca. Allí vivieron durante algunos años. Tanto el niño como la niña crecieron más bellos que el sol.

En cierta ocasión, aparecieron por aquella montaña tres cazadores. Al anochecer pidieron hospedaje en aquella casa. La señora les acogió amablemente. Apenas habían cenado los cazadores, cuando uno de ellos llamó en la habitación de la señora y penetró en la misma. Entonces, la señora le dijo:

-Cierra esa ventana.

El cazador cerró la ventana, pero en el mismo momento se le volvió a abrir. Y, así, entre abrir y cerrar la ventana, se le pasó la noche entera.

Los tres cazadores volvieron a pernoctar al día siguiente en la misma casa. Otro de los cazadores llamó también aquella noche en la habitación de la señora, pero también a éste, como al anterior, se le pasó la noche tratando de cerrar la ventana.

Llegada la tercera noche, llamó en la puerta de la señora el tercer cazador. Pero a éste no le encargó la señora que cerrara la ventana. Cuando, a la mañana siguiente, el cazador hizo acto de presencia, se le acercó el niño de la casa con una jarra en las manos mientras le decía: «Padre, aquí tienes el agua para lavarte la cara y las manos».

A continuación se le acercó la niña para ofrecerle una toalla al tiempo que le decía: «Padre, toma la toalla para que te seques las manos y la cara». El cazador no salía de su asombro al escuchar las palabras de aquellos niños. Por eso, pidió a la señora que le ofreciera alguna explicación. Y fue entonces, cuando la señora le fue desgranando toda la historia completa de su azarosa vida.

El cazador reconoció, entonces, toda la verdad que, tan malévolamente le había sido falseada por su madre, y en el mismo instante, se llevó consigo a su mujer y a sus hijos a su casa. En cuanto a aquella suegra embrujada mandó que fuera quemada en medio de la plaza del pueblo.