domingo, 9 de mayo de 2010

Beñardo

Erase, una vez, un matrimonio con dos hijos: Catalina y Berñardo. Ambos acudían a la escuela.
Un día, les prometió su madre que iba a dejar en el armario una taza de leche para el primero que volviera de la escuela.
El primero en llegar fue Bernardo. Abrió la puerta del armario pero no encontró la leche. Corrió en busca de su madre:

- Madre, la leche no está en el armario.
- Sí que está, Bernardo, -respondió la madre-. Mete la cabeza bien adentro.

Bernardo metió la cabeza más adentro. Pero en aquel mismo instante,la madre cerró de golpe la puerta y le cortó la cabeza. A continuación, lo desmenuzó y lo puso a cocer en una caldera.

Poco después, llegó Catalina y preguntó por su hermano.

- Todavía no ha vuelto -contestó su madre-. En el armario tienes la leche, tomátela.

De pronto, Catalina observó horrorizada cómo emergían de la caldera hirviente los dedos de su hermano.

Su madre le recordó que tenía que llevar la comida a su padre.


Caminaba Catalina, llorando desconsoladamente, con la comida sobre la cabeza, cuando se encontró con una anciana.


- ¿Qué te sucede, Catalina? -le preguntó.
- Nada; como usted no me lo va a solucionar...
- ¡Cómo no, querida! Yo solucionaré tu problema.

La chica terminó contando a la anciana todo su drama, incluido lo de su hermano a quien llevaba desmenuzado para comida de su padre. La anciana le recomendó que recogiese cuidadosamente todos los huesos que arrojase su padre. Y añadió:

- Tu padre te ha de preguntar: «¿,Para qué guardas esos huesos, Catalina?» Tú le contestarás: «Para jugar». A continuación, regresarás a casa, cogerás una azada, abrirás un hoyo en la tierra y enterrarás allí todos los huesos. Tu madre te preguntará extrañada; «¿,Qué haces ahí, Catalina?» Y tú le responderás: «Plantar ajos». A tu madre le parecerá buena la idea: «Muy bien, muy bien, -te dirá-; planta ajos, que ya nos hacen falta».

Llegó donde estaba su padre. Siguiendo el consejo de la anciana, iba recogiendo cuidadosamente los huesos que desperdiciaba su padre. Su padre le preguntó:

- ¿Para que quieres esos huesos, Catalina?
- Para jugar.

De vuelta a casa, cavó el hoyo, y, estaba ya enterrando los huesos, cuando le preguntó su madre:

- ¿Qué haces ahí, Catalina?
- Plantar ajos.
- ¡Ah, pues sí que nos hacen falta!

Cuando, a la mañana siguiente, se levantó su padre, vió un esbelto árbol plantado en la mitad de la huerta. Subido en el árbol, estaba Bernardo con una tentadora naranja en las manos y una espada en la otra. Su padre le pidió:

- Hijo mío, dame esa hermosa naranja.
- Te la daré -le dijo el hijo-, si das tres saltos sobre esta espada.

Dio un salto, dio dos saltos... y, a la tercera, le cortó el cuello.
Después vino su madre y le dijo:

- Hijo mío, ¿me das esa naranja tan hermosa?
- Te la daré -le dijo el hijo-, si das tres saltos sobre esta espada.

Dio un salto, dio dos saltos... y, al tercero le cortó el cuello.
Un poco más tarde, le vió su hermana Catalina, y le dijo:

- Bernardo; ya me podías regalar esa naranja tan hermosa.
- Te la daré -le dijo su hermano- si das tres saltos sobre esta espada.
- ¡Ya; para que me cortes el cuello como a nuestros padres!
- Puedes estar tranquila. A ti no te lo cortaré.

Catalina saltó las tres veces, y su hermano le entregó la naranja. A partir de aquel momento, ámbos fueron felices.