miércoles 8 de diciembre de 2010

Atarrabi

Mari tuvo dos hijos de su relación con el genio Maju, uno bueno y otro malo. El bueno recibió el nombre de Atarrabi, y el malo el de Mikelats.

Atarrabi y su su hermano menor, Mikelats, estudiaron en una caverna del diablo, quien le enseñó una extensa cultura. Existía una condición de que, una vez concluidos sus estudios, uno de los hermanos debía quedarse para siempre en aquel lugar tenebroso.

Cuando llego el momento de decidir quién se quedaba, lo echaron a suertes, decidiendo esta que fuese Mikelats el que debería permanecer en la cueva. Pero como atarrabi poseía un gran corazón, decidió quedarse el como esclavo y que así su hermano pudiese salir libre de la cueva.

El diablo puso como tarea a Atarrabi pasar por un cedazo la harina que tenía en su inmensa despensa. Sabiendo que era una tarea imposible de cumpir, porque el cedazo tenía las mallas muy anchas y dejaba pasar a través de ellas la harina junto con el salvado.

Además el diablo quería tener bien controlado a su discípulo, para lo cuál le preguntaba constantemente:

"Atarrabi, non zaude?" -"Atarrabi, ¿dónde estás?"-.

A lo que Attarabi debía responder:

"Hemen nago" -"aquí estoy"-.

Atarrabi además de bueno era muy inteligente, así que consiguió enseñar al cedazo a responder por él. De esta forma cuando el diablo preguntaba, era el cedazo y no Atarrabi el que contestaba.

Mientras el hijo de Mari aprovechó para abandonar con sigilo la cueva, andando para atrás. Todo iba perfectamente, pero cuando ya estaba llegando a la puerta fue descubierto por el diablo. Éste se avalanzó sobre el fugitivo, pero Atarrabi consiguió alejarse a tiempo y se puso a salvo. Sin embargo su sombra a sombra no había salido todavía y fue atrapada por el diablo.

Atarrabi se ordenó cura después de aquello, y aunque no tenía sombra, ésta acudía a él cuando, celebrando misa, llegaba el momento de la consagración. Pero como sin sombra no podría alcanzar la salvación eterna, ya cuando ya era viejo, tuvo una idea para conseguirla. Le pidió al sacristán que lo asesinara en el momento de la consagración, cosa que apesadumbrado tuvo que aceptar el subordinado. No fue capaz de hacerlo el primer día, pues no se sentía con ánimo. Tampoco tuvo valor el segundo. Pero el tercero, descargándole un fuerte garrotazo, cumplió el deseo de Atarrabi, acabando con su vida. A continuación colocó el cadáver del sacerdote, tal y como éste le había ordenado, sobre una roca próxima a la iglesia. Tras lo que empezó a observar qué clase de aves se llevaban el cuerpo. Pues como Atarrabi le había dicho, si lo hacía una bandada de cuervos, su alma se condenaría. Sin embargo Si eran palomas los pájaros que acudían a él, se salvaría. Afortunadamente, para alegría del sacristán, fue una bandada de palomas la que levantó el cadáver del cura, lo que quería decir que éste había alcanzado su salvación.